México: PROHIBIDO NO PENSAR LA REVOLUCIÓN.

PROHIBIDO NO PENSAR LA REVOLUCIÓN.

(Carta abierta a la gente que hoy dice No)

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Daniel Ayala

I. Pretender separar teoría y práctica transformadora es mistificar. Es una división que implica una falsificación. Hay prácticas que no son teóricas, porque son simplemente ideológicas. Haceres que no son críticos ni negativos del capitalismo, sino encubridores de las contradicciones de la realidad que este significa: una práctica en donde predomina la ideología como falsa conciencia. Por ejemplo, el activismo de izquierdas contemporáneo, llámese “marxista”, “anarquista”, “autonomista”, “trotskista”, “maoísta”, “guevarista” “socialista bolivariano” o cualquiera que se pueda agregar. Dicho encubrimiento ocurre a partir de universales abstractos. Universales, que en este caso son a su vez discursos o se presentan como discursos: La Organización. El Partido, La Lucha, la Revolución (así, con mayúsculas), la nación, la soberanía, la democracia, el activismo, la rebelión, la igualdad, el feminismo, la autogestión, el sindicato, la certidumbre, la esperanza, la insurrección individualizada, las masas, el placer permanente (“la felicidad”), etcétera. Lugares huecos donde todos tenemos opciones para acudir y al mismo tiempo la enorme probabilidad de no reconocernos ahí con nadie.

Detrás de toda práctica ideológica hay una actitud de la no –transformación, de afirmación de la realidad. Una realidad que primero se nos impone en su materialidad y luego es mistificada y dicha visión, también impera como si tuviera vida propia. En cambio, la teoría transformadora solo puede ser concebida como tal -es decir, como asedio antagónico y destructivo a la realidad social- si ella misma es fundamento y expresión de una práctica-crítica y más claramente, de una práctica-negativa, es decir, revolucionaria. Hoy la filosofía es revolucionaria o no lo es. Hoy la práctica revolucionaria se funda en la teoría o no lo es. No sólo es que “no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria”: es que no hay subjetividad posible sin el pensamiento.

II. Se cumplen ya casi cuatro meses del asesinato y desaparición de jóvenes normalistas en México. Los hechos se han tornado más escalofriantes de lo que se esperaba. Pudiendo haberse dado por concluido el asunto con la idea de que nunca aparecerían -pues seguramente el gobierno los hubiera asesinado-, las evidencias en sentido contrario han impedido que dicha previsión se concretara, y la indignación y las protestas se diluyeran pronto. Se presume con gran posibilidad de certeza, que los 43 normalistas fueron hechos prisioneros por el ejército mexicano y están vivos. O al menos que no fueron asesinados por policías y/o sicarios entre los días 26 y 27 de septiembre como presume la versión oficial.

III. La sola presunción inicial de que pudiera haberse cometido una masacre hizo que miles, decenas de miles, cientos de miles salieran a las calles en la Ciudad de México y que la protesta se replicara en todas las principales ciudades del país y alrededor del mundo. Cualitativamente la indignación tuvo su clímax en la denuncia del Estado como responsable. Hay que reconocer a quienes lo advirtieron. Y cuantitativamente en el mes de noviembre del año pasado, cuando ese mismo Estado se vio obligado a responder con la represión masiva.

IV. Si bien el movimiento de protesta por los 43 en un temprano momento ha llegado a concretar en un momento máximo de conciencia bajo la consigna de ¡Fue el Estado!, la espontaneidad  no ha sido sucedida por la concreción de   su propia expresión organizativa. Ni la Asamblea Nacional Popular, ni la Asamblea Interuniversitaria, ni la Coordinadora Nacional Estudiantil (CNE) han podido interpretar en consonancia lo que el despertar masivo ha representado por sí mismo en las calles y plazas. La Asamblea Nacional Popular es un conglomerado de los grupos sociales y sindicales que han orientado el descontento social por décadas, -principalmente en Guerrero- y ahí la participación de los padres, madres y familiares de los desaparecidos es meramente simbólica. La CNE es una reproducción a escala de esta asamblea. Mientras que la Interuniversitaria está copada por las más caducas corrientes políticas estudiantiles, ante las cuales ni el trotskismo, ni el anarquismo insurreccional representan ninguna alternativa. Las corrientes   propician el desgaste y buscan la contención y negociación del movimiento. El trotskismo sigue apelando a las colaboradoras cúpulas sindicales “democráticas” como su máxima carta, y los pocos colectivos que escapan a unos u otros, tienen su única identidad en promover y/o apologizar las acciones “contundentes” que finalmente se traducen en violencia minoritaria y mayor represión y aislamiento.

V. La falsa disyuntiva entre pacifismo y acción directa violenta o acción insurreccional, que dominó el debate durante los primeros tres meses de la protesta, ha sido evidenciada (incluso implícitamente por el zapatismo) y debería quedar atrás. Fue este falso debate el escenario más adecuado para que se elevara y endureciera el discurso gubernamental en contra de las movilizaciones pacíficas. Sin embargo lo que motivó al Estado a reprimir no fueron las insignificantes e inútiles bombas molotov, pedradas y botellazos en Palacio Nacional, ni la frustrada “toma” del aeropuerto en la capital del país. Sino el desbordamiento masivo y consciente de la mayoría, primero en las escuelas universitarias   y luego, más heterogéneo, en las calles. Contra esta multitud espontánea se dirigieron los toletes, escudos, patadas y golpes. Pacifistas y “radicales” simplemente se hicieron a un lado mientras a los demás manifestantes (que por cierto no eran “encapuchados” ni “comeflores”) los atropellaban los uniformados. ¿El resultado? Ahora las manifestaciones se han reducido y se realizan cuándo y sobre todo dónde el gobierno lo decide. El Zócalo no ha sido recuperado para las protestas luego del 20 de noviembre negro. Los “anarquistas” insurreccionales parecen haber desaparecido de las calles y la “dirección política” de las movilizaciones ha negociado, al menos en la “Ciudad en movimiento”, una vez más, que nadie vaya a gritar a donde no está permitido (por el Estado), es decir, ahí donde “no fue acuerdo” de la asamblea.

VI. Esto no significa que la incapacidad manifiesta de la parte “organizada” del movimiento se replique abajo. Días después de la democrática madriza por parte de la(s) policía(s) amarilla y tricolor contra manifestantes en el centro de la Ciudad de México, miles de ellos volvieron a salir a las calles para decir por ellos mismos “Estamos hartos”, “Ya me cansé”, “no me amedrentan”, “no nos van a callar”. Las imágenes de jóvenes encapsulados en las avenidas principales de la ciudad hablan por sí mismas. En una de ellas, un adolescente simplemente levanta las manos al verse rodeado por la policía: no tiene tipo de normalista (al menos no está rapado), no tiene capucha, no se mira blandiendo ningún artefacto “peligroso”. Lo que desafía al Estado no es su inaparente filiación “anárquica” o “socialista” sino su presencia. Las armas que blande son propia mirada, su determinación solidaria y su conciencia, misma que a él, como a miles, los ha llevado a salir a manifestarse aún cuando han visto la amenaza represiva hecha realidad. Son estudiantes, empleados, trabajadores de todo tipo, amas de casa, niños, mujeres. Son sobre todo jóvenes que salen a las calles a protestar a sabiendas de que esa noche pueden terminar golpeados y/o durmiendo en algún penal lejano a su ciudad, a su casa y/o su familia.

VII. Pero esto no empezó formalmente en la Metrópoli sino en Guerrero. El estado que tiene el “orgullo” de ser donde se asientan los municipios y poblados más pobres de todo el país. Donde se han ejecutado varias de las masacres políticas más sonadas de los últimos 50 años. Donde la guerrilla fue derrotada pero no destruida. De esa entidad son la mayoría de padres, madres, familiares y amigos de los muertos y desaparecidos de Iguala que en un primer momento levantaron la voz. Sin su persistencia (aparentemente sin esperanza) nada de esto hubiera ocurrido. Su grito de indignación no estuvo sometido ni dependió de la decisión de ninguna jerarquía de mando, de la obediencia ni de la disciplina a ningún comité. Únicamente movidos por la rabia, el coraje y la determinación de luchar por recuperar a sus hijos o al menos saber que ocurrió con ellos. Fueron sus testimonios, reclamos y voces, junto con las de los compañeros de sus hijos, las que levantaron un resplandor inicial y voltearon las miradas de todo el mundo hacia lo ocurrido. Si hoy el conflicto está vivo y no ha sido “superado”, no es por la destrucción de patrullas policiales y el incendio de oficinas de gobierno. Es sobre todo por la determinación de los padres, madres y parientes de los normalistas que han dicho NO a cada mentira del gobierno.

VIII. Entre el “Ya me cansé” multitudinario de la ciudad y el “No les creemos”, “no los vamos a dejar solos”, que se replica en Guerrero, Chiapas y todo el país, pudiera tenderse un puente. Uno que no se puede construir con “likes” y “retwits”. Que tampoco habrá de construirse por los acuerdos de las grandes instancias “de dirección” del movimiento. Tendría que nacer del mutuo reconocimiento en las calles, en el encuentro cara a cara, uno a uno o una o entre varios o varias, hablando, discutiendo, haciendo. Hablamos de ahondar en el reconocimiento de clase, de construir una subjetividad colectiva. Si todos “somos Ayotzinapa”, todos tendríamos que ser lo que siguiera. Si como sabemos, del Estado no vendrá ninguna justicia, entonces todos tendríamos que construirla. El plantearse esa necesidad no es la solución sino apenas el inicio del problema. La respuesta a este problema tendría que ser construida colectivamente. No hablamos de un problema de definir estrategias, de la “unidad del movimiento”, de “construir” organización, de votar si se aprueban o no tales o cuales tácticas o planes de lucha. Hablamos de que no hay un espacio donde se defina todo eso por y para los interesados, es decir, colectiva y autónomamente.

Los padres y madres de los normalistas no han convocado a hacer una revolución en México sino a buscar a sus hijos. ¿Entonces por qué habríamos de discutir sobre ella? Simplemente, de nuestra parte, decimos que porque no creemos que los normalistas desaparecidos vayan a ser entregados vivos por el gobierno. En una maniobra inteligente y perversa pudieron perfectamente ocultarlos y haber permitido la entrada a todos los cuarteles y así desactivar las protestas. Pero es tanto el poder y el “honor” militar que está en juego, que pronto se arrepintieron (o no pudieron hacerlo). Quizá en las próximas semanas veamos repetirse y agudizarse escenas de protesta como las que ya hubo en la fallida irrupción al cuartel del famoso batallón 27. Y quizá, rumbo a las elecciones veamos una generalización de episodios de protesta violenta. Tal panorama no nos acerca a la solución del conflicto -no a nuestro favor- sino que a todo se incendie (por un momento) y luego se olvide. La posibilidad que vemos en México, tras los enfrentamientos violentos que se multiplican y espectacularizan pero no dejan de ser de unos cuantos, no es la de la irrupción de un movimiento revolucionario ni insurreccional, sino la del peligroso reforzamiento del Estado: una vez desgastados los “violentos” y desgastado el descontento, la represión que ahora espera podrá ejecutarse y pasar factura. Por esta ruta todo terminará como ya lo sabemos: en anotar una fecha y una derrota más en el “heroico” calendario de la “lucha popular” en estos lares.

XI. Si una revolución es la única posibilidad de solución, castigo, justicia, venganza o como se le quiera llamar, a los crímenes de Estado, y sobre todo, de poner fin de una vez por todas a estos, el problema no es que esta se proclame. No basta (más bien de nada sirve) con que los voceros normalistas rurales amenacen con que de ser necesario “tomarán las armas” si en su limitada perspectiva no está la desaparición del Estado. Para que un discurso tenga realidad, tiene que existir el espacio de su concreción. Quizá haya un ambiente de violencia política, pero la posibilidad de una insurrección que efectivamente pusiera en tela de juicio la permanencia del Estado, no está ni remotamente planteada en las tomas de edificios, expropiaciones y demás acciones espectaculares promovidas por la CETEG y los normalistas, por radicales que estas parezcan.

La posibilidad de una insurrección de carácter anti estatal no está determinada por la eventual radicalización de los grupos sociales, estudiantiles y sindicales que ahora se manifiestan, ni por la existencia de grupos civiles armados o militarizados como las policías comunitarias. Tampoco por la presencia y gran arraigo de grupos guerrilleros en el estado (sean estos populares y campesinos o estalinistas y francamente paramilitares). Para que una insurrección de ese tipo tuviera lugar, en Guerrero o en cualquier parte del territorio mexicano tuviera lugar, primero tendría que haber un proceso de organización política autónoma del proletariado, organización que al menos ahora no aparece por ningún lado.

X. Lo de Iguala fue sobre todo un crimen planificado y ejecutado desde el Estado. Pero lo que ocurre luego fue para toda la izquierda burocrática en México, una confirmación -ante los ojos de la gente a la que pretendió representar- de su propia inexistencia como alternativa política real. El 2014 fue, toda proporción guardada un nuevo sesentaiocho: un nuevo final a partir del cual habría que construir un nuevo comienzo. Si la herencia trágica de Tlatelolco fueron los movimientos insurgentes armados de los 70´s, y luego la cooptación democrática de las izquierdas “comunistas” refuncionalizadas en el PRD, el legado de Ayotinapa tendríamos que pensarlo distinto. Porque el 68 mexicano también tuvo su expresión en el pensamiento revolucionario profundamente vigente de José Revueltas, por ejemplo. Porque hoy como entonces, las mentes pensantes contra el statu, las conciencias se hacen notar: unas veces con acciones calladas, otras con, gritos, con denuncias y escepticismo. Un nuevo comienzo solo puede venir de escuchar e interpretar el grito consciente de lo hasta ahora subordinado, de lo multitudinario, mayoritario, masivo pero no objetivado: de esta nueva colectividad que ha emergido. Quizá este nuevo comienzo tenga su continuidad inmediata y temporal con las multitudes en las calles, quizá se posponga indefinidamente y por ahora de paso sólo al debate teórico, no lo sabemos.

Este nuevo pensamiento y este nuevo hacer (un “nuevo comienzo”, como lo ha llamado alguien), si es que ocurre, sólo puede venir del abajo social, no del poder político ni del poder intelectual ya establecido. Debemos escuchar las voces de este abajo que hoy se presenta espontáneo y desorganizado pero no sin significado. Podemos y debemos pensar también las lecciones que la historia de la lucha proletaria plantea. Advertimos: un movimiento revolucionario, de destrucción de las relaciones sociales, fundamentadas por el capital y el trabajo, no puede realizarse plenamente a nivel local, nacional ni territorial, como tampoco puede realizarse ocupando la maquinaria del Estado. La transformación de la que hablamos solo es pensable a nivel global. No estamos hablando de construir otro mundo dentro del capitalismo sino sobre sus cenizas. No hablamos de evadir el capitalismo ni de reformarlo sino de que es necesario eliminarlo como modo de relación humana. En todo el mundo. Tal pensamiento aparece según algunos como “imposible”, “dogmático”, “ortodoxo” o “autoritario”. No nos importa: debatimos. El pensamiento y sobre todo la acción que lo acompaña, a lo largo de la historia de nosotros, el proletariado, que no somos una minoría sino los que hacemos y movemos este mundo, nos dice que es posible y sobre todo, necesario pensar lo contrario. A este pensamiento, cuyo horizonte aparece quizá lejano y aparentemente irrealizable, hoy lo llamamos filosofía, dialéctica (una dialéctica que parte del No), o de un modo simple, teoría revolucionaria. Prohibido no pensar. Prohibido no pensar la revolución. Solo pensando podemos negar el mundo que nos agobia. Actuemos.

Enero de 2015.

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