México/Oaxaca: Cuento de Miguel Ángel Peralta

Eloxochitlan-Miguel Angel Peralta Betanzos

Compas: aca les mandamos un cuento que escribió Miguel. Nos dice que no ha podido responder las cartas que le han llegado en los últimos meses porque de repente no le da ánimo y por eso decidió contestarles de esta forma, tratando de compartirles un poco de lo que vive ahora. Envia muchos saludos y nos ha pedido que les digamos que cada unx de ustedes es esa semilla que Ocio y Tiempo encontraron, solidarizandose, para salir de la caja de cemento… sus palabras le han dado fortaleza para resistir y no permitir que los zopilotes se lo coman.

Especialmente y con cariño a Pat y Ver, Ed, compas de Costa Rica, Les Trois Passants, Red contra la Represión, CNA México, a mis abogados, a la banda que participó en “Solidaridad en la piel IV” (tatuadorxs, grupos, tatuadxs, organizadorxs), Jovenxs Mazatecxs en Huautla, compas de medios libres, bandita del Che, a la banda jeikol, por estar atentxs a mi situación, por escribir y no olvidar.

A Zuco y Doña Mary

La Gota

Cierto día Ocio se sentía muy inquieto; existía un desequilibrio total en su ser, le faltaba un engranaje; anhelaba destruir a Tiempo. Pero Tiempo, siempre tan perspicas y astuto, al saber lo que tramaba en su contra se esfumó sin dejar rastro alguno. Ante esta situación, Ocio emprendió un largo viaje para encontrarlo. En su búsqueda cruzó varias galaxias, desiertos de sal, kilómetros de agua congelada, lo buscó en sus sueños, en valles cósmicos, en cavernas muy profundas. Utilizó sensores de calor y movimiento para localizarlo y no lo hallaba y no lo hallaba.

Hasta que una noche, por el cansancio y el sueño que cargaba, caminando muy lento, empezó a dormitar, de pronto se le cerraron los ojos y se tropezó con una caja de cemento, la levantó del suelo, la observó detenidamente, la sacudió y se asombró al escuchar sonidos raros que de ella emanaban y que jamás en su vida había escuchado.

Se percató que existía vida en su interior y decidió indagar qué es lo que pasaba ahí adentro. Ocio, okupó una artimaña para poder entrar, con un poco de magia se hizo pequeño, muy pequeño, del tamaño de una gota de agua y se fue escurriendo poco a poco hasta que logró ingresar completamente a la caja. Ya adentro, recobró su tamaño original pero ahora era invisible, así que empezó a caminar en su interior sin que le vieran y logró observar diferentes espacios dividos todos por rejas de acero y selladas con candados. También se dio cuenta de que había una gran diversidad de fauna: zopilotes, grillos, escarabajos, ratones, libélulas, murciélagos, mariposas, pulgas, muchas chinches, chaquistes, moscas, arañas, hormigas, cuijas, cucarachas y pájaros.

Se podían ver por todos lados otros seres que eran la mayoría y se hacían nombrar de diferentes formas: a veces restos humanos, caneros, otras delincuentes, reos, presos, porque así es cómo les habían clasificado entre toda la fauna que habitaba la caja de cemento. Hablaban varias lenguas ya que eran de culturas diferentes, algunos utilizaban el silbido para comunicarse. Ciertamente se encontraban en ese lugar por varias razones; una era porque el destino les había colocado en el lugar equivocado sin saber su futuro inmediato, muchos otros porque unos seres con bastante poder y dinero querían tener el control de sus vidas y les habían mandado a ese lugar para intentar escarmentarles; la injusticia se hacía valer. Todos tenían casi las mismas actividades, pero la monotonía y cotidanidad reynaba, jamás habían visto la lluvia ni el viento, no existía la armonía. Dentro de las actividades la que más consumía sus vidas era algo que llamaban trabajo o autoexplotación; se la pasaban sentados trabajando, aunque en realidad creaban artesanías que eran llevadas afuera de la caja para ser vendidas a precios muy altos, nada que ver con lo que les pagaban por hacerlas.

Los zopilotes eran los encargados de vigilar cada paso, cada suspiro de los habitantes de aquella caja, ellos podían entrar y salir pues tenían las llaves, sus uñas eran muy largas, unos flacos y otros gordos, su pico era grande y feo, olían a putrefacto. Siempre andaban vestidos de negro y traían consigo un kit que consitía en un frasco de gas lacrimógeno, un tolete, unas esposas, deseaban la muerte y descomposición de cada habitante para poder deborar centímetro a centímetro la carne y la conciencia de aquellxs seres que tenían encerradxs.

En la caja de cemento había muchas enfermedades, no tenían alimentos saludables, además todo estaba controlado, sus emociones se entrecruzaban por doquier, tristeza, ira, rabia, euforia, odio, vileza, menosprecio, cansancio, hartazgo, todo esto se juntaba e iba carcomiendo a estos seres hasta convertirles en cemento, por eso es que la caja iba creciendo y creciendo.

Pero existía algo más maligno en su interior, los zopilotes les hacían cantar un himno de guerra así como adorar un trapo de tres colores cada lunes, además les hacían repetir una frase “siempre es mejor callar que decir demasiado cuando se trata de críticas”, todos guardaban silencio, nadie se atrevía a decir nada, ni mucho menos a rebelarse, nadie.

Después de ver esto, Oscio inció un recorrido aún más profundo al interior de la caja y se fue dando cuenta que todos estos seres, luchaban día a día por sobrevivir. Pero también descubrió que algunxs conservaban unas cápsulas que ingerían cuando sus emociones se mezclaban, y surgía un efecto muy muy raro a lo que le llamaban “risa”, era como una especie de intoxicación mental, otrxs, guardaban dentro de sí una luz pequeñita que les guiaría hacia la salida de ese lugar, pero estaban siempre a la espera de poder accionar.

Siguió su recorrido y encontró un lugar al que le llamaban “celda de castigo”, caminó despacio pues era un lugar muy oscuro, húmedo y más silencioso que los otros espacios. De pronto, cruzó su mirada con dos ojos muy intensos que resplandecían en la obscuridad. No sabe aún cómo este ser lo pudo ver, pero le pidió que no hiciera ruido y que entrara a la celda lentamente. Cuando se dio cuenta, se trataba de Tiempo, a quien andaba buscando antes de entrar a la caja.

Tiempo le pidió que no le destruyera y empezó a contarle cómo le habían arrancado su libertad y llevado a ese lugar. Le dijo: “me enteré que me andabas localizando, busqué un transporte para irme a un lugar muy lejano del universo, pero en mi huida fui interceptado por un comando de zopilotes que andaban vigilando el espacio, así fue como me trajeron a este lugar sin saber el porqué de mi presencia aquí, me golpearon todo el trayecto, y después de tantos golpes ya me dijeron que ahora me tocaba enfermar a lxs seres que habitaban este lugar, tenía que meterme en sus pensamientos y hacer que cada instante se acordaran de mí. Estando en la caja, he conocido a muchxs seres, hemos dialogado, así como tu has visto lo que pasa en este lugar, yo le he vivido en carne propia y no puedo obedecer a los zopilotes, tienes que ayudarnos a salir”.

“Mira”, le dijo Tiempo a Oscio, enseñándole unas semillas muy diminutas que sacó de su bolsa, “llévalas allá arriba y busca a quienes llevan en su interior una lucesita, ellxs sabrán dónde y cuándo sembrarlas”.

Oscio muy confundido por la situación en la que se encontraba, al ver tanta injusticia, se solidarizó con Tiempo y con aquellxs seres de la caja, ayudándoles a sembrar aquellas semillas. Esperó a que germinaran y crecieron árboles enormes, sus raíces comenzaron a invadir y a desbordarse en el cemento. Poco a poco las nubes se fueron condensando e hicieron que lloviera fuertemente. La caja se fue inundando y destruyendo en pedazos. Al principio, quienes no sabían de la semilla, estaban asustadxs ya que nunca habían visto las gotas de agua, porque las libélulas, encargadas de hacer llover, también estaban en la caja. Pero quiénes llevaban las luces, les animaron a partir y todxs lograron salir ilesxs, pensando en que ya eran libres.

Algunxs se fueron apartando en el camino e iniciaron sus vidas y recorridos individualmente. Otrxs empezaron a buscar un camino junto con Tiempo y Oscio, pero conforme iban avanzando, se dieron cuenta de que había otrxs seres que se llamaban “sociedad” y que no eran libres, porque vivían presxs en una gran burbuja magnética, tenían cámaras de videovigilancia por doquier, además estaban esclavizadxs por la televisión, la avaricia y el poder, cegadxs por el dinero y la comida chatarra era el alimento de cada día.

Así que decidieron buscar a otrxs seres con lucecitas para iniciar ya no un diluvio, sino un gran incendio, para inventar una nueva libertad…

 

MM

Febrero 2016.

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